— TIME OFF · BACK IN THE GAME (3/9)
Volví a México con un MBA, un puesto con nombre brillante y la certeza de que merecía más. Lo único que me faltaba era la experiencia.
Echar de menos a mi familia, una expareja y las ganas de aterrizarme me llevaron a encontrar la forma de regresar a México, con el mismo banco. El nuevo rol era emocionante: Oil & Gas Banker, los clientes top de la industria más activa de ese momento. Justo lo que necesitaba para mantenerme motivada y sentirme “importante” (el ego es rey en las personalidades tipo A como la mía).
Después de unos meses me di cuenta de que seguía siendo un peón en el tablero. El brainwash del MBA —ese que te obliga a ver estrategia de negocio en todos lados, emprendimiento, aspirar a puestos directivos, tomar decisiones de impacto— no tenía nada que ver con mi realidad dentro del banco.
Ahí me salió lo milenial: a pesar de estar metida en una estructura old school, salí del MBA convencida de que merecía un puesto de toma de decisiones… como si ya tuviera la experiencia para sostenerlo.
La única forma de obtener una promoción habría sido que mi jefe desapareciera, y eso no iba a pasar. Empecé a escuchar propuestas de otras compañías.
Una de las constructoras más grandes del país llamó mi atención. En empresas familiares y tradicionales de ese tipo, normalmente solo consigues una oferta si algún conocido te empuja; me sentí muy orgullosa de pasar por el proceso estándar de RH y conseguir el puesto sin ayuda ni recomendación de nadie. Mi vida en finanzas corporativas empezó ahí.
Como gerente de Relación con Inversionistas y Finanzas, se me abrió un mundo nuevo. Ese fue el momento en que entendí por qué los recién graduados buscan entrar a la banca de inversión y no a la comercial, como yo lo hice. Enfrenté una introducción dura, donde el bullying era obligatorio y los egos orquestaban toda la obra.
Durante dos años pude meterme de lleno a las finanzas corporativas. Entendí el backstage de una empresa pública y todo lo que hay que sincronizar para ser un negocio real. Me volví confiable para ellos y logré cosas que jamás habría imaginado. Me encantó el glamour, la ambición, el cansancio, el sentimiento de realización y la dopamina que acompaña todo eso.
Dos ingredientes base lo hicieron posible: compromiso y carácter. Siempre he estado comprometida con lo que hago —incluso de niña, la perfección y el logro le ganaban a cualquier otra necesidad— y una personalidad sin miedo me permitió hacerle frente a cualquier reto. Crecí muchísimo, profesionalmente hablando.
💡 Reconócete, sé humilde y ponte a trabajar.
📖 The Work, Byron Katie.
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—P.
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